VIDA / MUERTE
La relación entre los conceptos de vida y muerte ha sido ampliamente explorada
desde perspectivas filosóficas, espirituales y religiosas. Cada ámbito aborda estas
nociones de manera única, pero todas coinciden en que son inseparables y
fundamentales para entender la existencia humana.
A continuación, se analizan estas relaciones desde las tres perspectivas mencionadas.
Desde la filosofía, la vida y la muerte se entienden como dos caras de la misma
moneda. Heidegger (1927/1962), por ejemplo, argumenta que el ser humano es un
“ser-para-la-muerte”, ya que la conciencia de la finitud da sentido a la existencia.
En este marco, la muerte no es solo un fin, sino una condición que permite valorar la vida
y dirigirla con propósito. Asimismo, Camus (1942/1991) plantea que la vida solo
adquiere significado al enfrentarse al absurdo de la mortalidad. La muerte, lejos de
ser un obstáculo, es un recordatorio constante de la importancia del presente.
Espiritualmente, muchas tradiciones sugieren que la vida y la muerte forman parte de
un ciclo continuo de transformación. En el pensamiento budista, por ejemplo, la vida
es una etapa transitoria dentro del samsara, el ciclo de nacimiento, muerte y
renacimiento, que solo se supera mediante el nirvana, un estado de liberación
espiritual (Gyatso, 1995). De manera similar, el hinduismo ve la muerte como un paso
hacia la reencarnación, determinada por el karma acumulado durante la vida. En este
contexto, la muerte no es un fin, sino una transición hacia otra forma de existencia.
Desde una perspectiva religiosa, la relación entre vida y muerte está impregnada de
significado trascendental. En el cristianismo, la muerte es entendida como un paso
hacia la vida eterna, donde el alma es juzgada y asignada al cielo, el purgatorio o el
infierno según sus obras terrenales (Catecismo de la Iglesia Católica, 1993). Por otro
lado, el islam enfatiza que la vida terrenal es una prueba en preparación para la vida
después de la muerte, donde los creyentes esperan ser recompensados con el
paraíso eterno (Nasr, 2002). Estas tradiciones religiosas abordan la muerte no como
el fin absoluto, sino como una transición hacia una existencia superior.
La vida y la muerte están profundamente interconectadas en todas estas
perspectivas. La filosofía busca comprender su significado para la existencia; la
espiritualidad las integra en un ciclo transformador, y la religión las dota de propósito
trascendental. En última instancia, estos enfoques reflejan la búsqueda humana de
comprender el misterio de la existencia y la mortalidad
Catecismo de la Iglesia Católica. (1993). Librería Editrice Vaticana.Gyatso, G. K. (1995). Introducción al budismo. Tharpa Publications.
Heidegger, M. (1962). Ser y tiempo. Fondo de Cultura Económica. (Obra original
publicada en 1927).
Nasr, S. H. (2002). The Heart of Islam: Enduring Values for Humanity. HarperOne
Leyendas
La leyenda de Nachito
En Guadalajara, México, se cuenta la historia de Ignacio Torres Altamirano, un niño conocido cariñosamente como "Nachito". Desde pequeño, Nachito tenía un profundo temor a la oscuridad, lo que obligaba a sus padres a dejar siempre una lámpara encendida en su habitación.
Cuando Nachito falleció, se dice que murió de miedo durante una noche en que su cuarto quedó completamente oscuro. Fue enterrado en el Panteón de Belén, pero al día siguiente, los cuidadores encontraron su ataúd fuera de la tumba. Creyendo que era un acto de vandalismo, lo enterraron nuevamente. Sin embargo, esto siguió ocurriendo noche tras noche.
Finalmente, se decidió dejar su ataúd en la superficie y rodearlo de velas para evitar que Nachito "sintiera" oscuridad. Desde entonces, su tumba se ha convertido en un lugar de culto, donde los visitantes dejan juguetes, velas y flores en su memoria, especialmente en el Día de Muertos. Se cree que el espíritu de Nachito es protector y agradece las ofrendas que se le llevan.
Mena, A. (2023). La leyenda de Nachito: Historia de un alma en pena. Leyendas de México. Recuperado de https://leyendasdemexico.com/nachito
Camus, A. (1991). El mito de Sísifo. Alianza Editorial. (Obra original publicada en
1942).
La leyenda del Mictlán dio vida al Día de Muertos
Nuestros abuelos contaban que la muerte significa alegría, trascendencia y regresar al lugar de origen: el cuerpo se desintegra, pero el espíritu vive por toda la eternidad”, narró Ayaotekatl, nativo de Azcapotzalco, perteneciente a la tribu tepaneca.
Mi nombre –explicó al mirar con sus ojos verdes– viene del náhuatl y mi apodo es Lobo blanco. Con su cabello lacio y blanco, acude todos los fines semana al zócalo de Ciudad de México para mantener viva la tradición de los ancestros mexicanos.
La muerte no le preocupa y afirma que se ha comprobado que el espíritu es indestructible. ¿Qué tiene que ver el Mictlán con el día de muertos? Respondió sonriendo: “Todo, Mictlán significa lugar eterno del reposo de los muertos: está compuesto por nueve dimensiones que simulan un cómputo de tiempo”.
Dijo que “en cada dimensión existe un señor del día y otro de la noche, en total son 18 que multiplicados por 20 resultan 360 días del año; más cinco puntos cósmicos que son: tierra, agua, viento, fuego y Sol, nos da un total de 365 días del año”. Ese lugar representa el eterno descanso, donde vive Mictlantecuhtli, señor de los muertos. “El Día de Muertos retoma toda una tradición profunda, donde se guarda el culto a los difuntos con alegría, porque la materia se desintegra, pero comienza el principio eterno”.
Donde van los muertos
El Día de Muertos se ha convertido en un símbolo nacional, señaló Andrés Medina Hernández, investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas. El Mictlán es una creencia sobre el lugar donde van los muertos. Por ejemplo, los que morían ahogados se iban al Tlalocan con el dios Tláloc.
Para llegar al Mictlán, añadió, las almas llegaban a un río donde sólo podían cruzar con un perro pardo –ni blanco ni negro–, y así ingresaban a otra dimensión.
Se trata de un camino que se ensancha poco a poco hasta desaparecer. “No hay muerte real sino una sensación de avanzar, luego se desaparece y se entra en una totalidad impersonal”.
La muerte no es súbita, es una transformación gradual hasta desaparecer, cuando se esfuma de la memoria de sus descendientes. Esta idea proviene del siglo XVI y pertenece más a la nobleza. Más tarde este discurso se enriquece con la Revolución Mexicana y comienza una recuperación de esa tradición. De hecho, Diego Rivera inventa la Catrina con su mural del Museo del Prado y difunde la obra de José Guadalupe Posada.
En la actualidad hay dos tipos de celebraciones: la impulsada por el gobierno que nos remite al Mictlán y a esas estructuras con calaveras y la de los pueblos modernos, quienes establecen ofrendas en sus hogares, con niveles de piso. Ambas son muy distintas pero articuladas en la cosmovisión mesoamericana.
Ayaotekatl, perteneciente a una de las siete tribus mexicas sobrevivientes en México (las otras son xochimilcas, chalcas, culhuas, tlalhuicas, tlaxcaltecas y mexicas) festeja el día de muertos con altares llenos de fruta, comida, pulque y hasta quesadillas, es decir, todo aquello que le gustaba a sus seres queridos. “Además lo celebramos con bailes tradicionales como la danza azteca, donde los señores se conectan con el universo”.
: Michel Olguín y Myriam Núñez Nov 4, 2019
La Llorona (México)
Cuenta la leyenda que, hace muchos años, vivía una hermosa mujer que, tras ser abandonada por su esposo, cayó en un profundo estado de desesperación. Incapaz de soportar la traición, en un arrebato de dolor, llevó a sus dos hijos pequeños al río y los sumergió hasta que murieron. Al darse cuenta del horror de su acto, se arrojó al agua, buscando redimirse, pero en lugar de la muerte encontró un castigo eterno. Desde entonces, su alma vaga por los ríos y pueblos, llorando desconsolada y buscando a sus hijos. Su desgarrador lamento, "¡Ay, mis hijos!", sigue aterrorizando a quienes lo escuchan.
Delgado, L. (2001). Mitos y leyendas de México: Historia y tradiciones. Editorial Siglo XXI.


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